01 abril 2013

Hablemos de incoherencias

La vida de muchos adultos está llena de incoherencias que no hacemos más que transmitir a nuestros hijos. Estos días de semana santa hemos estado fuera; mucha gente, muchos parques, restaurantes, tiendas...en los que uno observa como no pensamos en las consecuencias de las cosas por muy adultos que seamos.
"Visión de futuro" decía mi profesora de autoescuela, "aunque conduzcas en este momento tienes que mirar lejos de vez en cuando porque dentro de 2 minutos estarás allí y si hay un coche en doble fila o una señal de giro obligatorio, mejor ir cambiando ya de carril".
Nos quejamos de que nuestros hijos pegan a otros, les regañamos por hacerlo, incluso les "ponemos a pensar", sin embargo¿habéis visto alguna vez un niño caerse en el parque y que sus padres le dijeran

"pega al suelo, que malo es"? Yo sí.
No sólo les enseñamos y animamos a pegar, da igual pegar al suelo que a un árbol porque me he chocado que al perro porque me quería subir encima y se ha levantado y me ha tirado. El niño, el bebe, no entiende la diferencia y yo tampoco la entiendo. Además, les enseñamos que el dolor es menor si infringimos dolor a otra cosa o persona. Un aplauso.
El comer, otro caballo de batalla, siempre recuerdo a mi madre y su "hija, hay que comer de todo". ¿Porqué? Eso no es verdad, hay que comer variado, equilibrado y con todos los nutrientes esenciales, lo que no tiene que implicar comer de todo y es que yo no lo hago. "Es que sólo como lo que le gusta"...claro y yo. La diferencia es que yo entiendo que no puedo alimentarme sólo de chocolate porque no es sano, porque me pondría muy gorda y porque además terminaría vomitando...y esto último lo he aprendido con la experiencia, aunque no sea sano. Por mucho que tus padres te expliquen que te pones malo no lo crees hasta que no te empachas y te pones malo de verdad.
Creo que tratar la comida con naturalidad desde que son bebes ayuda mucho a que luego coman de todo, y creo también que a menudo son un reflejo de nosotros mismos que nos negamos a ver....Es como aquella frase de no recuerdo quien, que decía algo como "me dicen que soy muy agresivo, pero me lo dicen a gritos"...El ejemplo siempre es la clave, aunque no neguemos a asumirlo.
Pero en esto del comer, mi arma "favorita"es la de "corre corre que se lo come fulanita" "no lo quiere?Pues va a venir menganita y se lo va a comer todo" "No vengas agapita, que el niño ya come y no te va a dar nada". Me parece surrealista querer que los niños coman por ansia, no porque tienen hambre. Les hacemos que renuncien a su instinto y sentamos las bases de su alimentación en el¿egoismo?...para luego enfadarnos cuando no comparten sus juguetes con esos mismo fulanita o agapito. O sea que ese niño es una amenaza para la comida, pero si el niño luego no quiere dejar sus juguetes, algo que el valora más que la comida, entonces nos enfadamos porque hay que aprender a compartir. 
Me encanta el aprender a compartir, porque no entiendo para que sirve ni porque es tan obligatorio aprender eso ni en que beneficia obligarles a que aprendan a compartir. Entiendo lo bueno de compartir los juguetes, el ser bondadoso el jugar juntos...sin embargo los adultos, rara vez lo hacemos en la vida real. Si alguien nos pide un boli para rellenar un impreso en cualquier estamento oficial, la mayoría lo prestaríamos pero vigilando con un ojo para que nos lo devuelvan porque es nuestro boli. A menudo en el parque vivo estas situaciones que me parecen incómodas a más no poder; mi hija coge una motito ajena, sin pedir permiso por supuesto, y viene el propietario, un niño, y le exige que se baje, que es suya, forcejean, que sí, que no...Le explico que la moto es del niño y que si no tiene ganas de prestarla pues está no podemos hacer nada, es suya y es normal, así que mi hija se baja de moto, pero aparece el padre del niño y le obliga a prestarla porque hay que compartir. Yo le digo que no, que si no quiere....pero da igual, su hijo acaba llorando, mi hija montada en la moto con cara seria y yo súper incómoda, y es que nunca empatizamos con los niños, con lo sencillo que es ponernos en su pellejo....Siempre recuerdo el ejemplo que pone Carlos González en su libro Besame mucho y no puedo menos que sonreir imaginando esa misma situación pero yo montada en la moto del padre y el niño diciéndole que me la tiene que dejar porque hay que compartir. Nunca ocurriría porque la sociedad acepta que no respetemos a los niños pero no a los adultos y sino pensemos, en el mismo parque...Dejo el bolso en un banco, uno de mis bolsos favoritos, bastante caro y además regalo de mis amigas, con valor de todo tipo, y de repente una vecina, a la que conozco de vista, he charlado a veces en el parque, una mujer agradable, pues va y se prueba mi bolso, sin decirme nada. Yo la miro extrañada, y voy y le comento que es mi bolso, quizá se ha equivocado, pero me dice que se va a dar un vuelta con el bolso a ver que tal le sienta, por la urbanización... y mi marido le dice "claro mujer, cógelo, que tenemos que compartir". ¿No sería kafkiano?

Cierto que el valor real de ambos objetos está muy alejado, pero el niño no sabe nada de eso, de hecho elegirá antes una tableta de chocolate que un anillo de diamante, porque para ellos tiene mucho más valor. ¿No es mejor que vayan aprendiendo por ellos mismo que jugar juntos es más divertido o que si yo te dejo mi moto tú me vas a dejar tu pelota y todos vamos a tener más juguetes? Yo doy fe de que pueden descubrirlo por si mismos, aunque puede que no lo hagan pero obligando desde luego que nunca lo van a entender.
En estas situaciones además pasa otra cosa, premiamos al que va y coge algo de otro sin pedirlo, sin preguntar, y al que cuida sus cosas, al que hace lo que debe, le castigamos...es una situación de adultos ocurriría lo contrario, el que coge algo sin permiso podría ser hasta un ladrón y el que vela por sus cosas es alguien muy cuidadoso.
¿Y que pasa con el lenguaje? Todos tenemos claro que si decimos palabrotas los niños las dirán, pero ¿y eso de decirles que son unos guarros o unos cochinos o que están tontos o que vaya idiotez o que torpe eres...? No me gustaría que nadie me dijera ninguna de estas cosas, sin embargo se las decimos abiertamente, aceptamos que las incorporen a su lenguaje y que lo puedan decir abiertamente a otros niños o a nosotros mismo. ¿Y de verdad es bonito que nuestros hijos reciban estos apelativos y que luego los usen contra otras personas? Si son guarros, porque se manchan, seguramente es culpa nuestra, porque ellos son niños, si son torpes es porque aprenden, se mueven y exploran mucho más que nosotros y bueno, el resto es que ni me cabe en la cabeza.


Está claro que no podemos ser perfectos, que a veces decimos cosas y según salen por la boca vemos que no debería haber salido, y que en esto de ser padres el aprendizaje es diario, pero a veces nos enrocamos a aptitudes sin valorar las consecuencias.